domingo, 12 de febrero de 2017

Unidireccional

Qué estupidez es eso de seguir esperando que algo cambie cuando sé, en el fondo de mi corazón, que nada va a cambiar.

Qué estupidez es eso de creer que algo está destinado a ser sólo porque mi amor es muy grande. El amor unidireccional es una pérdida de tiempo pero todavía no puedo aceptarlo, aún creo que se va a dar cuenta de lo maravillosa que soy, de lo bien que sería estar acá y no allá.

Mientras tanto, mis ojos de a poco se van secando. Y sinceramente espero que se sequen pronto, bien pronto. No soporto más tanto llanto.

lunes, 6 de febrero de 2017

La boda de mi mejor amigo

Creo que casi todos nosotros, o al menos las personas de mi edad y sobre todo las mujeres, nos acordamos de esta película. Hay una escena hacia el final que describe casi diría exactamente mi situación actual:

Julia Roberts le confiesa su amor a su mejor amigo y lo besa, con la mala suerte de que la novia los ve. Desilusionada, rompe en llanto y sale corriendo. El mejor amigo la sigue y Julia va detrás de ellos. La novia toma un auto y huye, el novio otro y la sigue y Julia un camión de reparto y también los sigue. Mientras los persigue, Julia llama a su otro amigo (el personaje de Rupert Everett) quien, tratando de entender la situación, le pregunta algo así como: "La novia está huyendo, el novio la está siguiendo y vos estás siguiendo al novio, ¿y a vos quién te sigue?", a lo que ella responde "Nadie", y él le dice: "Esa es tu respuesta".

Esa escena es reveladora y siempre me viene a la mente: yo estoy siguiendo a la persona que no me sigue, y debería juntar lo que queda de mi dignidad y dejar de hacerlo.

Aquí les dejo el enlace por si tienen ganas de revivirla.


https://youtu.be/-QS7WC13-c0

domingo, 5 de febrero de 2017

A dos minutos

Hace unos días que estoy a dos minutos del llanto. Cualquier cosa que pasa tiene la capacidad de hacer que las lágrimas aparezcan en mis ojos. Es obvio que esa cosa que provoca el llanto no es el origen del problema, es sólo un gatillo. Hacía mucho tiempo que no me pasaba algo así y no quiero que me siga pasando, es horrible.

Estoy agotada emocionalmente, lo sé. Me siento sola, con un hueco en el corazón. Pasaron muchas cosas estos últimos meses y he tenido la capacidad de seguir adelante pero creo que he llegado a un límite. No soy de enojarme, para nada. Soy más bien de las que siempre están felices, con una sonrisa en los labios, dispuesta a ayudar y a escuchar a cualquiera. Si alguien me lastima siempre tengo al esperanza de que cambie, de que se dé cuenta que me lastimó, de que no lo hace por mala persona, de que cómo no va a arrepentirse de haberme dañado a mí que soy tan buena... No sé si soy tan buena pero lo que sí sé es que soy muy boba porque sigo creyendo en que todo el mundo es bueno y no es así.

Estos últimos meses, como decía más arriba, me pasaron muchas cosas. Y me he dado cuenta de otras tantas. Sin embargo, a pesar de todas las pruebas que tengo ante mis ojos, todavía me cuesta creer que la gente no es como yo quiero que sea, es como puede. Y que esa misma gente tiene la capacidad de lastimarme y de seguir adelante con su vida como si nada pasara, no siente culpa. Al contrario, yo me siento culpable porque me pregunto qué fue lo que hice para que reaccionaran así, para que me lastimaran y a la vez puedan poner la cabeza en la almohada y dormir sin problemas de conciencia.

Seguramente he lastimado a más de una persona, pero me ha remordido la conciencia. He lastimado y he pedido perdón en más de una ocasión. No obstante, no pasa al revés. La gente no me pide perdón porque no se sienten culpables, quien se siente culpable soy yo. Siempre pensando "¿Qué habré hecho para que hagan esto o lo otro?" o "¿Dije o hice algo malo?". Me pregunto ahora cuándo abriré los ojos y dejaré de culparme a mí por las actitudes de los demás.

Es un camino duro el de aceptar que los demás no son como yo quiero. Es un camino duro aceptar que los demás lastiman y no les importa si soy buena o no. Todavía no lo he podido aceptar. Todavía estoy esperando que acepten lo que hicieron o que, al menos, hagan algo para que me sienta mejor. Yo soy así, los demás no. Yo quiero hacer felices a los demás, los otros quieren hacerse felices ellos mismos, no importa a costa de qué o quién.

Una de las cosas que quiero que mi hijo aprenda e internalice es que primero está él, siempre. Que debe ser feliz él y que luego debe intentar hacer feliz a otra persona. No quiero que sea como yo, que dejo todo por los demás, que si me piden un favor lo hago aunque esté cansada, aunque no tenga ganas... Porque si no lo hago después me siento culpable o pienso que podría haberme esforzado un poco más si no me cuesta tanto... No quiero que sea como yo que no me enojo con nadie, que justifico a todo el mundo, que sólo me decepciono en lugar de insultar o de gritar o de romper cosas... No quiero que llore por cualquier cosa como yo, cuando en realidad estoy llorando por este vacío que tengo en el alma que no puedo llenar con nada, ni siquiera con lágrimas.

Amor no correspondido

En algún momento sería buenísimo tener alguna aplicación que nos permita elegir de quién enamorarnos. Hay aplicaciones para todo, ¿cómo no hay una para esto? Muchas veces el amor no  es correspondido y se pierde mucho tiempo sufriendo y llorando por los rincones hasta que, eventualmente, olvidamos. O vamos por la vida haciendo otras cosas, queriendo borrar de nuestro corazón ese amor con otros pseudoamores, lo que también es una pérdida de tiempo para nosotros y para esos "otros" que quizás sí estén enamorados de nosotros. Es una ensalada.

Cuántos solos y solas tratando de encontrar compañía y cuántos, como yo, enamorados de alguien que no nos ama o que ama a otra persona. ¡Qué desperdicio! Debe estar muy sobrevaluado el amor de pareja porque, si lo analizo detenidamente, es bastante esquivo (aclaro "de pareja" porque hay muchas clases de amor, como el que tenemos a los hijos, que es inmenso).

Es verdad que todo pasa, que hasta el dolor más grande en algún momento remite. El quid de la cuestión es sobrellevar ese período de tristeza con la mayor alegría posible (qué contradicción, ¿verdad?) y no caer en la tentación de andar por ahí recogiendo migajas de algo que no está destinado a ser.

Quien tenga la fórmula o quien invente la aplicación, que me avise dejando un comentario en esta entrada. Gracias.

martes, 22 de noviembre de 2016

20 años no es nada

Esa frase trillada hoy se ha convertido en la verdad más absoluta. Mi amigo de hace más de 20 años, mi amigo a quien adoraba, mi amigo con quien sabía que podía contar aunque no lo viera, tomó una decisión. Es verdad que en un divorcio hay muchas cosas que se pierden, muchas personas que se esfuman, muchas relaciones que desaparecen... Pero él, a quien conozco desde mis 17 años, que se supone que me quería más a mí, que se supone que si tuviera que elegir lados debería elegir el mío, que se supone que debía escucharme primero a mí, que se supone que no debería necesitar escucharme ni preguntar qué pasó, sólo estar de mi parte porque me quiere... Él eligió a mi ex.

Este año han pasado muchas cosas, y siguen pasando se ve. Me he desilusionado de mucha gente, gente que he conocido por poco tiempo y, por eso, a pesar del dolor, eventualmente resultará fácil superarlo... Puede que esto sea un golpe a mi ego, lo acepto, pero no me parece justo. O quizás lo es, no lo sé.

Me siento para el traste hoy. Es probable que esté equivocada, es probable que así sean las cosas, que la gente en común quede un poco en el medio y no sepa para dónde correr, es probable que yo esté sensible y me sienta sola y que, en otro momento, esto sea una anécdota o una nota de color. Es probable que yo no haya crecido nunca y hoy me sienta así, desamparada, como hace unos días cuando recordé esa vez que los Reyes Magos no me vieron y me dejaron con la mano extendida, esperando que me den un caramelo. Es probable que yo, con mis 41 años, hoy siga esperando con la mano extendida que me den algo que nadie me tiene que dar, igual que cuando tenía 6 años.

domingo, 21 de agosto de 2016

Ray Bradbury tenía razón

Uno de los cuentos que más me impactó de "Crónicas Marcianas" fue "Los pueblos silenciosos": el protagonista, solo en una ciudad abandonada, se contacta por teléfono con una mujer y, desesperado por compañía, toma el auto y corre a encontrarse con ella. Pero cuando la ve se desilusiona: no es lo que esperaba y escapa, prefiriendo la soledad.

Un poco así funcionan las citas "casi" a ciegas; digo "casi" porque a pesar de ver las fotos del otro y sentir que el chat te acerca un poco su personalidad, todo puede cambiar una vez que se produce el encuentro. Ya de por sí los encuentros son escasos: funcionando al 100% el benching, la posibilidad de verte en la vida real con el candidato es muy baja. ¿Y si sucede? Puede pasar lo del protagonista del cuento en ambos sentidos: él o yo podemos desilusionarnos y querer salir corriendo pero no lo hacemos, tomamos un café y rápidamente terminamos la reunión.

¿Y después? Después no nos contactamos más y, si por casualidad él quedó enganchado con nosotras, sutilmente le hacemos saber que no nos pasó lo mismo. Lo peor que puede pasar es que nosotras nos hayamos enganchado y él no: aquí se presenta el problema porque el hombre no será claro y dará mil vueltas y, por no perdernos (porque no le interesamos pero nos quieren tener igual ahí, pendientes) nos escribirá de vez en cuando, propondrá salidas que luego cancelará y nos dejará plantadas.

¿Qué hacer? No lo sé. Volver a leer "Crónicas Marcianas" quizás es una buena opción.

viernes, 19 de agosto de 2016

Siempre lo mismo

Imposible dominarlas. Las expectativas tienen vida propia: nacen y se reproducen con una rapidez que no se puede medir con ningún cronómetro. Siempre digo que no las voy a tener y, sin embargo, las tengo. No importa si son pocas o muchas porque no alcanzarlas duele igual.

¡Qué fácil sería todo si pudiera quitarles el poder que tienen sobre mí! He intentado hacerlo, lo juro, sin éxito. ¿Y cómo se hace eso? ¿Alguien sabe?

sábado, 6 de agosto de 2016

El Facebook no es quién soy

El otro día, en el chat, un hombre (porque ya no dá decir "un flaco", tengo más de 40 y los hombres también, ¡por favor!) me pidió mi Facebook porque dijo que, viéndolo, se podía dar una idea de quién era yo. Se lo dí, obviamente, no tengo nada que ocultar (salvo esas fotos de hace más de 5 años donde juro que ¡¡¡NO ERA YO!!!).

Darle ese dato me hizo pensar en qué bobada más grande es el Facebook y, por extensión, cualquier otra aplicación donde mostremos, selectivamente, quiénes somos a los demás.

¿Quién puede creer que esas fotos que subí (que previamente elegí A CONCIENCIA) y que esas frases que publiqué muestran mi ser más profundo? Sí son una parte de mí, es más, no hay photoshop en ninguna foto ni hay hipocresía en las frases. Pero es sólo eso, una pequeña muestra. Mi alma es extensa e insondable, y mi cuerpo también.

lunes, 25 de julio de 2016

El que espera, desespera. Segunda parte.

El que espera, desespera. Siempre es igual. Ya lo escribí hace mil años y vuelve a suceder lo mismo. Mi vida es un continuo "loop", donde sigo haciendo lo que afirmé que nunca volvería a hacer.

Vivir es aprender, sí, pero a mí me cuesta que ese aprendizaje realmente se haga carne. Me cuesta mucho. Sigo apostando, sigo esperando, sigo pensando, sigo creyendo. Creo TODO lo que dicen los hombres: creo si me dicen que me llamarán, creo si me dicen que me escribirán, creo si me dicen que les gusto. También creo todo lo que me dicen las mujeres pero, en ese sentido, somos literales: si decimos que haremos algo, en un 99% lo haremos (dejo ese 1% porque siempre puede pasar algo realmente grave que nos impida cumplir).

¿Cómo hago para dejar de creer? ¿Para no tener expectativas? ¿Para tomar naturalmente un "obvio que te llamo" y no darle ningún poder sobre mí y mis emociones? ¿Hay alguna receta?

Quizás el único secreto es nacer hombre.

miércoles, 20 de julio de 2016

Los sueños, ¿cumplen los deseos?



Los sueños parecieran cumplir, a veces, aquello que no puedo materializar. Siempre pensé que eso no sería posible pero sí, funciona, no todo el tiempo, pero funciona. Obvio que, al despertar, me siento bien, contenta, realizada. Con el correr del día el recuerdo del sueño me hace esbozar una sonrisa pero, eventualmente, ese ímpetu inicial se pierde. Supongo que esto sucede porque la experiencia no es real, a pesar de que, según dicen, para la mente no hay diferencia entre el sueño y la realidad.

Sin embargo, no es suficiente haberlo “soñado”, por más “real” que se haya sentido. Ayuda a apaciguar la mente, a relajar el espíritu, a empezar el día con la esperanza de que sí puede ser, de que se puede cumplir, de que no es inasible. Esto dura más o menos 24 hs.; pasado este tiempo el círculo se cierra y volvemos al punto cero, allí donde todavía no existió en el plano material aquello que el plano etéreo se atrevió a desarrollar.

Por esto pienso que los sueños, aunque aparentemente cumplen los deseos, son su pálida proyección. Sólo logran retrasar la frustración del deseo incesante por obtener aquello que, a pesar de todo, estoy destinada a querer.

Las desilusiones

Las desilusiones son las madres de la inspiración, creo; al menos es así en mi caso. Y son tantas que, para el día de la Madre, se arma un revuelo bárbaro porque todas quieren ser visitadas primero. Tomar la decisión es lo más difícil; últimamente lo hemos logrado resolver de una manera no muy feliz pero, no por eso, menos efectiva: hacemos un sorteo. Como entre ellas desconfían hasta de la legitimidad del azar, tengo que llamar a algún amigo o familiar para que sea testigo (una vez intentamos contratar un escribano público pero sus honorarios eran siderales, y además consideró inútil certificar el proceso cuando vio que las protagonistas eran ellas: "Siempre encontrarán algo que objetar", sentenció).

Es verdad que hay muchas personas que se inspiran en lo más lindo de la vida pero yo lo he intentado y no he logrado escribir más que cursilerías o clichés, ¿será que me hecho adulta? Es por esto que, aunque no me gusta aceptarlo, agradezco a las desilusiones por ser las que me ayudan a escribir, por ser las disparadoras de estos textos que, a veces, son las vías para descargar las penas y hacerlas más llevaderas.

Igual me gustaría que no sigan visitándome más. Chicas: son libres.

Allí (escrito el 2 de enero de 1997)

Allí donde emergen los silencios ocultos
Allí donde fluyen las lavas hirvientes
Allí donde la oscuridad se tiñe de negro
Allí te espero.
Allí, en los confines de fronteras ausentes
Allí, en los misterios de hechizos secretos
Allí, en los milenios que brillan nacientes
Allí te espero.
Allí donde el mar embravece sus aguas
Allí donde la música se torna recuerdo
Allí donde el viento acelera su furia
Allí te espero.
Allí, en los ruidos de selvas perdidas
Allí, en las pisadas de viejos colonos
Allí, en las neblinas de orcas mordidas
Allí te espero.
Allí donde la tierra gravita en su centro
Allí donde el miedo escribe la historia
Allí donde el amor se vuelve eterno
Allí, en los abismos que evitan la muerte
Allí, en los laberintos que buscan respuestas
Allí, en los lugares de las hierbas frescas
Allí te espero.
Aún.

Mediterráneo

El silencio del Mediterráneo acaricia las playas
Azul el cielo, azul el agua
Azul las puertas y ventanas de las casas bajas

Un solo caminante se adueña de los barcos
Y de los sueños ajenos que son más que propios
Un mundo callado rodea los mástiles de las velas blancas

Gracias a la angustia y al rivotril

Resulta que mi terapeuta tiene la loca teoría de que, cuando nos angustiamos, debemos agradecer esos síntomas que vienen a nosotros a hacernos rever algunas cosas aún pendientes de resolver. En mi caso, cuando me angustio, habitualmente no pienso en agradecimientos sino más bien me vienen a la mente preguntas del estilo “¿Por qué a mí?”, “¿Qué hice yo para merecer esto?”, “¿Por qué me pasa de nuevo si ya lo hablé en terapia?” Esta misma terapeuta también me enseñó a no cuestionarme esos momentos de angustia, es mejor tratar de relajarme y de dejarlos pasar: más me resisto, el asunto más persiste. No sé por qué pero tampoco puedo relajarme y dejar que la zozobra me atraviese cual rayo de sol en el vidrio.

No importa; en realidad, siempre hay un rivotril por ahí dispuesto a sacarme de la situación lo más ilesa posible; ella también dice que tomar psicotrópicos esconde los síntomas y su posibilidad de entenderlos para así elaborar el cuadro real que hay detrás de toda esta parafernalia sintomática. A veces me rehúso a caer en la tentación del rivotril, me digo que puedo salir adelante, que no necesito que nada externo me ayude, y es verdad que lo hago utilizando mis propios recursos. Otras veces tengo el presentimiento de que no habrá caso y de que lo deberé tomar, total, si es la primera vez en dos meses que tomo ese 0,5: pero lo tomo con culpa.

Puedo decir que hay dos temas aquí: uno es el agradecimiento a la angustia como catalizador del problema, como señal luminosa que indica que el problema de fondo aún no se resolvió, un agradecimiento que cuesta hacer porque, mientras se está sufriendo ese “ataque de ansiedad” hay pocas posibilidades de pensar con claridad. El otro es el cuestionamiento al rivotril como facilitador: viene a ser la grúa que nos saca del pozo en el que nos quedamos estancados. Quiero, en un futuro no muy lejano, ser agradecida con la angustia y con el rivotril: si agradezco a la primera, podré reducir su presencia a la mínima expresión y, si agradezco al segundo, dejaré de sentir culpa y me reconoceré humana.

"La suerte de la fea...

... la bonita la desea". Así rezaba un dicho que mi mamá me repitió muchas veces en mi primera adolescencia. Yo me imaginaba que, al llegar a la juventud, iba a ser una poderosa empresaria y las lindas iban a verme desde el subsuelo; mientras todo el éxito iba a ser mío ellas iban a seguir siendo lindas pero no admiradas.

Demás está decir que ese "refrán" me marcó de una manera no positiva, digamos, durante buena parte de mi vida. Es más, el día de hoy todavía tengo dudas de mi verdadera belleza (interior, por supuesto, si no, no estaríamos hablando). Esto no puedo endilgárselo sólo a mi madre, hay que agradecer también a las revistas, la televisión y, en resumen, a todos los medios de comunicación en general, y además a los hombres quienes, aunque se casen con chicas "normales", viven baboseándose por las bonitas (agradezco, asimismo, a mis compañeritas de primaria y secundaria quienes se encargaron de hacerme sentir "fea" siempre que tuvieron oportunidad).

Fea o no, el no tener "suerte" con los muchachos reforzó el concepto del refrán. Siempre que iba a bailar, "planchaba"; el único que me sacaba era un chico tan "feo" como yo, que era cool porque su familia era rica: obvio que era su última opción y él también la mía, por eso bailábamos siempre a la hora de los lentos, es decir, tipo 5 a.m.; como ambos conocíamos nuestra limitaciones "bellísticas" no nos recriminábamos nada ni tampoco nos proponíamos nada excepto no ser los únicos sin bailar a esa hora. Para esto, yo estaba en el boliche desde la 1 a.m. planchando y acumulado la ropa en un canasto que estaba en la esquina (es una forma de decir, por supuesto).

Mudarme de ciudad tampoco ayudó; mejorar la puntería, menos. Mi verdadero obstáculo era poner la mira en los muchachos que de ninguna manera iban a darme bolilla: ¿cuándo un chico lindo le dio bola a una chica fea? NUNCA, bah, sólo en las películas, y todos sabemos que cuando terminan el chico regresa a los brazos de su novia linda. Obvio que hay excepciones pero sólo son eso. Siempre me pregunté por qué no podían gustarme los chicos que debían gustarme, es decir, aquellos que la sociedad decía que eran mi "perfect match"; pero las feas hemos creído en La Cenicienta desde los 4 años y hemos esperado a ese bombón de príncipe desde que tenemos memoria: lo que nos olvidábamos es que Cenicienta era rubia, de ojos celestes, de cuerpo perfecto y voz angelical (gracias, Walt).

En síntesis: es mentira que las lindas nos envidian la suerte, es mentira porque ellas tienen más suerte que nosotras: son halagadas, admiradas, piropeadas y tienen la tarjeta del baile llena de pretendientes. He dicho.

sábado, 9 de julio de 2016

Volver a ser esa que no recordaba

El Tinder me hizo sentir deseada, levantó mi autoestima. Hizo que pensara que era más bella de lo que realmente era. Hizo que tenga expectativas, que espere que algo suceda, que sueñe con que me va a tocar a mí la suerte de conocer a alguien que sí valga la pena y que sí me haga "cerrar" esa aplicación.
Sí conocí (o al menos, creí conocer) a alguien por quien cerrar esa aplicación. Pero es como todo: el espejismo se desvanece a medida que nos acercamos a él. No hubo promesas ni juramentos ni nada de nada, diría Luis Miguel, pero tampoco es necesario para que mi mente haga un sinfín de especulaciones y elabore, sin necesidad y sin sentido, hipótesis y situaciones. "Si me presentó al papá es porque quiere verme otro día" es mentira. Me presentó al papá porque estaba justo ahí, en esa casa, nada más.
Me pregunto qué es lo que me impide, en esta nueva soltería, ser igual que los hombres. Saciar mi apetito y ya. Olvidar. Dejar ir. Soltar. Disfrutar del momento y no pensar en el después. Ahora me toca luchar con la necesidad de no escribir para no quedar expuesta, de no decir lo que realmente siento para no quedar pesada, para que de una vez por todas el otro sea el que dé el primer paso y no quede yo tan en evidencia.
Conocí sí a alguien por quien cerrar esas aplicaciones y me he dado cuenta que esa persona soy yo. Suponía que era más inteligente pero sigo siendo la misma enamoradiza que cree todo lo que le dicen y que, después, no entiende qué pudo haber pasado entre el último mensaje y dos días de silencio, ¡si estaba todo bien! Si le gusto, si me gusta, ¿por qué entonces no me escribió más? No estoy para estas preguntas en este momento de mi vida.
Necesito y disfruto el buen sexo y los besos largos y profundos, pero también necesito que, al despedirnos, no me den un beso en la mejilla.

martes, 4 de noviembre de 2014

Gracias

Gracias es una de las palabras más lindas de nuestro vocabulario. Amor también lo es, por supuesto, pero "gracias" tiene ese no sé qué de reconocimiento, de aprecio, de abrazar la vida y sentir que algo está bien a nuestro alrededor. Y, si miramos fijamente, en general está todo bien. Sí, no está "ideal", no está como a nosotros nos gustaría... Pero ¿todo está taaaaan mal? Miremos de nuevo: no, todo no. Hay cosas que están bien, me atrevería a decir que muy bien.

Si miro qué cosas están muy bien puedo enumerarlas:
- Estoy sana
- Doy y recibo amor
- Tengo familia y amigos
- Estoy escribiendo esto.

Y tengo una lista interminable, lo prometo; no la incluyo acá porque se va personalizando cada vez más y no interesa tanto. Lo que creo es lo más importante es que siempre siempre, siempre, siempre, tenemos una razón por la cual ser agradecidos. Haberse despertado ya es una de esas razones, haber desayunado, ir a trabajar, llevar a los chicos a la escuela, recibir un mensaje de un ser querido. Estar inmerso en el trajín diario también es un motivo para ser agradecido... ¿Y agradezco lo malo? Y sí... Algo aprendí de eso; ¡de todo lo malo que me ha pasado aprendí a ser agradecida! ¡Sí! ¿Porque saben qué? En medio de tanto sufrimiento un día hice una lista de las cosas por agradecer... Y esa lista la leí una y mil veces hasta que me dí cuenta que, leyéndola, sonreía... Y eso me ayudó un montón a cambiar mi estado de ánimo.

Ayer leí una de las últimas cosas que dijo Brittany Maynard antes de morir y me vi totalmente de acuerdo con ella: "La gente que se para a apreciar la vida y dar gracias es la más feliz". Yo me propongo y les propongo que todos los días nos paremos un instante para agradecer la vida que tenemos, las experiencias que hemos vivido y la gran oportunidad que tenemos de disfrutar.

Salud para todxs.

viernes, 17 de octubre de 2014

Las pulsiones

Hay algo que no puedo negar y es la capacidad que tiene alguna gente de arruinar los momentos más lindos. No sé si será a propósito o la famosa lucha entre las pulsiones de vida y de muerte de la que habló Freud, esa lucha constante en la que se desarrolla nuestro diario existir. En este caso, los momentos lindos son batallas ganadas por la pulsión de vida, pero como la de muerte está siempre al acecho, saca sus garras y los arruina recordándonos que nunca se fue, que puede haberse agazapado pero nunca desaparecido.

En mi caso creo que la mayoría de las veces gana la pulsión de vida. Habitualmente tengo pensamientos luminosos y sólo veo las cosas lindas de la vida. Sonrío, sueño, creo en lo que me dice la gente: cuando me dicen "voy" espero que vengan y cuando me dicen "te llamo" espero que lo hagan. Creo en la palabra: definitivamente creo. Y también tengo expectativas. Y esas expectativas muchas veces no se ven alcanzadas por la realidad... Porque si alguien espera algo de mí, es probable que lo obtenga... Pero si yo espero algo de alguien... ¡Ay! Muchas veces no obtengo lo que quiero. Este creer constante, este pensar divino, redunda en mi propio beneficio, claro. Sin embargo, muchas veces me pregunto qué gano cumpliendo lo que prometo, qué gano haciendo lo que dije que haría, si cuando solicito algo a cambio nada sucede. Según los "cuatro acuerdos de la sabiduría tolteca" gano respeto: "ser auténtico te hace respetable ante los demás y ante ti mismo".

Entre la pulsión de vida que yo acojo diariamente y la pulsión de muerte que muchos ponen en mi camino, la vida no deja de sorprenderme. Trato siempre de hacer lo mejor y en muchas ocasiones puedo asegurar sin dudar que doy lo mejor de mí, en un 100%. Y que ese mejor de mí es lo más puro que alguien puede encontrar en mi corazón. Que esas personas usen su pulsión de muerte para arruinar mi felicidad me da mucha tristeza y no puedo dejar de preguntarme cuánto tiempo puedo tardar en aprender la lección más importante que es que muchas personas no quieren vivir con alegría, sólo disimulan hacerlo. Y que muchos seres que encuentro en mi camino no son como yo los pienso, son como ellos pueden ser, así como lo soy yo.

Salud.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Mendiga

Acostumbrarse a algo o a alguien muchas veces nos hace dependientes. No a todo el mundo, por supuesto, hablo siempre desde mi experiencia. Esa dependencia me hace mendiga. Mientras escribo esto de "mendigar" no puedo creer que realmente lo sea. Ser mendigo es lo más triste del mundo: soy como un personaje de algún libro de Charles Dickens, extendiendo la mano y pidiendo una moneda, pero en realidad lo que estoy pidiendo es un poco de atención, una sonrisa, una voz.

Cuando escribí hace poco lo del cambio de 180º nunca me imaginé que no iba a hacer nada de lo que había escrito ahí. He hecho algunos cambios relacionados con mi autoestima, algunos difíciles, en otros las modificaciones son sutiles o se ven poco, o se ven por un rato y luego desaparecen para volver a mostrarse después. Pero hay otras cosas que iba a hacer que aún no hice... Y creo que todo lo contrario: fui para atrás. Porque mendigar amor es lo peor que le puede pasar a una persona.

¿Cómo continuar? ¿Cómo revertir esto? No lo sé. Quiero apretar un botón que borre todo lo que ha pasado en los últimos días y ese botón no existe. Lo bueno es que, eventualmente, alguna lección aprenderé. Será cuestión de esperar.

La agonía y el éxtasis

Pasa el tiempo y me convenzo que, en las cuestiones del amor, no aprendí nada. Y en las cuestiones personales, tampoco. ¿Cómo es que puedo llegar a depender de otra persona para ser feliz? ¿Para vivir y para hacer lo que yo quiera? Es mentira lo del cambio de 180º, sigo siendo la misma boba de siempre que cree en el amor, que cree en las palabras, que cree en las personas. Si realmente quisiera hacer ese cambio, no me importaría nada, pero nada. Porque convengamos que los demás hacen cosas y no se detienen a pensar en qué voy a sentir... Todos hacemos cosas un poco egoístamente, claro, no soy la excepción.

Cuando era más chica sufrí mucho por amor, pero mucho. No voy a dar detalles acá porque sería eteeeerno... Y hace más de 16 años que no lloro por amor. Y hoy, 21 de septiembre de 2014, estoy llorando por amor y no lo puedo creer. No lamento nada de lo que dí, nada; lo volvería a dar aunque me deje este hueco acá en el pecho que parece imposible de llenar. Lo único que lamento es lo que escribí al principio, esto de no haber aprendido nada. Y lo peor de todo es saber, en lo más íntimo, que es poco probable que aprenda algo. Soy así, me enamoro, entrego mi corazón y después, veo que me lo devuelven hecho un bollito.