miércoles, 20 de julio de 2016

Allí (escrito el 2 de enero de 1997)

Allí donde emergen los silencios ocultos
Allí donde fluyen las lavas hirvientes
Allí donde la oscuridad se tiñe de negro
Allí te espero.
Allí, en los confines de fronteras ausentes
Allí, en los misterios de hechizos secretos
Allí, en los milenios que brillan nacientes
Allí te espero.
Allí donde el mar embravece sus aguas
Allí donde la música se torna recuerdo
Allí donde el viento acelera su furia
Allí te espero.
Allí, en los ruidos de selvas perdidas
Allí, en las pisadas de viejos colonos
Allí, en las neblinas de orcas mordidas
Allí te espero.
Allí donde la tierra gravita en su centro
Allí donde el miedo escribe la historia
Allí donde el amor se vuelve eterno
Allí, en los abismos que evitan la muerte
Allí, en los laberintos que buscan respuestas
Allí, en los lugares de las hierbas frescas
Allí te espero.
Aún.

Mediterráneo

El silencio del Mediterráneo acaricia las playas
Azul el cielo, azul el agua
Azul las puertas y ventanas de las casas bajas

Un solo caminante se adueña de los barcos
Y de los sueños ajenos que son más que propios
Un mundo callado rodea los mástiles de las velas blancas

Gracias a la angustia y al rivotril

Resulta que mi terapeuta tiene la loca teoría de que, cuando nos angustiamos, debemos agradecer esos síntomas que vienen a nosotros a hacernos rever algunas cosas aún pendientes de resolver. En mi caso, cuando me angustio, habitualmente no pienso en agradecimientos sino más bien me vienen a la mente preguntas del estilo “¿Por qué a mí?”, “¿Qué hice yo para merecer esto?”, “¿Por qué me pasa de nuevo si ya lo hablé en terapia?” Esta misma terapeuta también me enseñó a no cuestionarme esos momentos de angustia, es mejor tratar de relajarme y de dejarlos pasar: más me resisto, el asunto más persiste. No sé por qué pero tampoco puedo relajarme y dejar que la zozobra me atraviese cual rayo de sol en el vidrio.

No importa; en realidad, siempre hay un rivotril por ahí dispuesto a sacarme de la situación lo más ilesa posible; ella también dice que tomar psicotrópicos esconde los síntomas y su posibilidad de entenderlos para así elaborar el cuadro real que hay detrás de toda esta parafernalia sintomática. A veces me rehúso a caer en la tentación del rivotril, me digo que puedo salir adelante, que no necesito que nada externo me ayude, y es verdad que lo hago utilizando mis propios recursos. Otras veces tengo el presentimiento de que no habrá caso y de que lo deberé tomar, total, si es la primera vez en dos meses que tomo ese 0,5: pero lo tomo con culpa.

Puedo decir que hay dos temas aquí: uno es el agradecimiento a la angustia como catalizador del problema, como señal luminosa que indica que el problema de fondo aún no se resolvió, un agradecimiento que cuesta hacer porque, mientras se está sufriendo ese “ataque de ansiedad” hay pocas posibilidades de pensar con claridad. El otro es el cuestionamiento al rivotril como facilitador: viene a ser la grúa que nos saca del pozo en el que nos quedamos estancados. Quiero, en un futuro no muy lejano, ser agradecida con la angustia y con el rivotril: si agradezco a la primera, podré reducir su presencia a la mínima expresión y, si agradezco al segundo, dejaré de sentir culpa y me reconoceré humana.

"La suerte de la fea...

... la bonita la desea". Así rezaba un dicho que mi mamá me repitió muchas veces en mi primera adolescencia. Yo me imaginaba que, al llegar a la juventud, iba a ser una poderosa empresaria y las lindas iban a verme desde el subsuelo; mientras todo el éxito iba a ser mío ellas iban a seguir siendo lindas pero no admiradas.

Demás está decir que ese "refrán" me marcó de una manera no positiva, digamos, durante buena parte de mi vida. Es más, el día de hoy todavía tengo dudas de mi verdadera belleza (interior, por supuesto, si no, no estaríamos hablando). Esto no puedo endilgárselo sólo a mi madre, hay que agradecer también a las revistas, la televisión y, en resumen, a todos los medios de comunicación en general, y además a los hombres quienes, aunque se casen con chicas "normales", viven baboseándose por las bonitas (agradezco, asimismo, a mis compañeritas de primaria y secundaria quienes se encargaron de hacerme sentir "fea" siempre que tuvieron oportunidad).

Fea o no, el no tener "suerte" con los muchachos reforzó el concepto del refrán. Siempre que iba a bailar, "planchaba"; el único que me sacaba era un chico tan "feo" como yo, que era cool porque su familia era rica: obvio que era su última opción y él también la mía, por eso bailábamos siempre a la hora de los lentos, es decir, tipo 5 a.m.; como ambos conocíamos nuestra limitaciones "bellísticas" no nos recriminábamos nada ni tampoco nos proponíamos nada excepto no ser los únicos sin bailar a esa hora. Para esto, yo estaba en el boliche desde la 1 a.m. planchando y acumulado la ropa en un canasto que estaba en la esquina (es una forma de decir, por supuesto).

Mudarme de ciudad tampoco ayudó; mejorar la puntería, menos. Mi verdadero obstáculo era poner la mira en los muchachos que de ninguna manera iban a darme bolilla: ¿cuándo un chico lindo le dio bola a una chica fea? NUNCA, bah, sólo en las películas, y todos sabemos que cuando terminan el chico regresa a los brazos de su novia linda. Obvio que hay excepciones pero sólo son eso. Siempre me pregunté por qué no podían gustarme los chicos que debían gustarme, es decir, aquellos que la sociedad decía que eran mi "perfect match"; pero las feas hemos creído en La Cenicienta desde los 4 años y hemos esperado a ese bombón de príncipe desde que tenemos memoria: lo que nos olvidábamos es que Cenicienta era rubia, de ojos celestes, de cuerpo perfecto y voz angelical (gracias, Walt).

En síntesis: es mentira que las lindas nos envidian la suerte, es mentira porque ellas tienen más suerte que nosotras: son halagadas, admiradas, piropeadas y tienen la tarjeta del baile llena de pretendientes. He dicho.

sábado, 9 de julio de 2016

Volver a ser esa que no recordaba

El Tinder me hizo sentir deseada, levantó mi autoestima. Hizo que pensara que era más bella de lo que realmente era. Hizo que tenga expectativas, que espere que algo suceda, que sueñe con que me va a tocar a mí la suerte de conocer a alguien que sí valga la pena y que sí me haga "cerrar" esa aplicación.
Sí conocí (o al menos, creí conocer) a alguien por quien cerrar esa aplicación. Pero es como todo: el espejismo se desvanece a medida que nos acercamos a él. No hubo promesas ni juramentos ni nada de nada, diría Luis Miguel, pero tampoco es necesario para que mi mente haga un sinfín de especulaciones y elabore, sin necesidad y sin sentido, hipótesis y situaciones. "Si me presentó al papá es porque quiere verme otro día" es mentira. Me presentó al papá porque estaba justo ahí, en esa casa, nada más.
Me pregunto qué es lo que me impide, en esta nueva soltería, ser igual que los hombres. Saciar mi apetito y ya. Olvidar. Dejar ir. Soltar. Disfrutar del momento y no pensar en el después. Ahora me toca luchar con la necesidad de no escribir para no quedar expuesta, de no decir lo que realmente siento para no quedar pesada, para que de una vez por todas el otro sea el que dé el primer paso y no quede yo tan en evidencia.
Conocí sí a alguien por quien cerrar esas aplicaciones y me he dado cuenta que esa persona soy yo. Suponía que era más inteligente pero sigo siendo la misma enamoradiza que cree todo lo que le dicen y que, después, no entiende qué pudo haber pasado entre el último mensaje y dos días de silencio, ¡si estaba todo bien! Si le gusto, si me gusta, ¿por qué entonces no me escribió más? No estoy para estas preguntas en este momento de mi vida.
Necesito y disfruto el buen sexo y los besos largos y profundos, pero también necesito que, al despedirnos, no me den un beso en la mejilla.

martes, 4 de noviembre de 2014

Gracias

Gracias es una de las palabras más lindas de nuestro vocabulario. Amor también lo es, por supuesto, pero "gracias" tiene ese no sé qué de reconocimiento, de aprecio, de abrazar la vida y sentir que algo está bien a nuestro alrededor. Y, si miramos fijamente, en general está todo bien. Sí, no está "ideal", no está como a nosotros nos gustaría... Pero ¿todo está taaaaan mal? Miremos de nuevo: no, todo no. Hay cosas que están bien, me atrevería a decir que muy bien.

Si miro qué cosas están muy bien puedo enumerarlas:
- Estoy sana
- Doy y recibo amor
- Tengo familia y amigos
- Estoy escribiendo esto.

Y tengo una lista interminable, lo prometo; no la incluyo acá porque se va personalizando cada vez más y no interesa tanto. Lo que creo es lo más importante es que siempre siempre, siempre, siempre, tenemos una razón por la cual ser agradecidos. Haberse despertado ya es una de esas razones, haber desayunado, ir a trabajar, llevar a los chicos a la escuela, recibir un mensaje de un ser querido. Estar inmerso en el trajín diario también es un motivo para ser agradecido... ¿Y agradezco lo malo? Y sí... Algo aprendí de eso; ¡de todo lo malo que me ha pasado aprendí a ser agradecida! ¡Sí! ¿Porque saben qué? En medio de tanto sufrimiento un día hice una lista de las cosas por agradecer... Y esa lista la leí una y mil veces hasta que me dí cuenta que, leyéndola, sonreía... Y eso me ayudó un montón a cambiar mi estado de ánimo.

Ayer leí una de las últimas cosas que dijo Brittany Maynard antes de morir y me vi totalmente de acuerdo con ella: "La gente que se para a apreciar la vida y dar gracias es la más feliz". Yo me propongo y les propongo que todos los días nos paremos un instante para agradecer la vida que tenemos, las experiencias que hemos vivido y la gran oportunidad que tenemos de disfrutar.

Salud para todxs.

viernes, 17 de octubre de 2014

Las pulsiones

Hay algo que no puedo negar y es la capacidad que tiene alguna gente de arruinar los momentos más lindos. No sé si será a propósito o la famosa lucha entre las pulsiones de vida y de muerte de la que habló Freud, esa lucha constante en la que se desarrolla nuestro diario existir. En este caso, los momentos lindos son batallas ganadas por la pulsión de vida, pero como la de muerte está siempre al acecho, saca sus garras y los arruina recordándonos que nunca se fue, que puede haberse agazapado pero nunca desaparecido.

En mi caso creo que la mayoría de las veces gana la pulsión de vida. Habitualmente tengo pensamientos luminosos y sólo veo las cosas lindas de la vida. Sonrío, sueño, creo en lo que me dice la gente: cuando me dicen "voy" espero que vengan y cuando me dicen "te llamo" espero que lo hagan. Creo en la palabra: definitivamente creo. Y también tengo expectativas. Y esas expectativas muchas veces no se ven alcanzadas por la realidad... Porque si alguien espera algo de mí, es probable que lo obtenga... Pero si yo espero algo de alguien... ¡Ay! Muchas veces no obtengo lo que quiero. Este creer constante, este pensar divino, redunda en mi propio beneficio, claro. Sin embargo, muchas veces me pregunto qué gano cumpliendo lo que prometo, qué gano haciendo lo que dije que haría, si cuando solicito algo a cambio nada sucede. Según los "cuatro acuerdos de la sabiduría tolteca" gano respeto: "ser auténtico te hace respetable ante los demás y ante ti mismo".

Entre la pulsión de vida que yo acojo diariamente y la pulsión de muerte que muchos ponen en mi camino, la vida no deja de sorprenderme. Trato siempre de hacer lo mejor y en muchas ocasiones puedo asegurar sin dudar que doy lo mejor de mí, en un 100%. Y que ese mejor de mí es lo más puro que alguien puede encontrar en mi corazón. Que esas personas usen su pulsión de muerte para arruinar mi felicidad me da mucha tristeza y no puedo dejar de preguntarme cuánto tiempo puedo tardar en aprender la lección más importante que es que muchas personas no quieren vivir con alegría, sólo disimulan hacerlo. Y que muchos seres que encuentro en mi camino no son como yo los pienso, son como ellos pueden ser, así como lo soy yo.

Salud.