martes, 10 de septiembre de 2013

Las chicas somos incomprensibles

Si hay algo que tenemos en común todas las mujeres es que no nos entendemos ni nosotras. Sin embargo, es más fácil explicar nuestros sentimientos a otras chicas porque es difícil que los hombres comprendan la magnitud de nuestro sentir. Y aún contando con el asentimiento de una amiga, muchas veces ni sabemos por qué nos sentimos como nos sentimos.

¿Por qué la desazón, la angustia, la molestia generalizada? ¿Por qué la ansiedad, el temor? La respuesta es que no hay respuesta. El porqué es algo que nunca comprenderemos ni antes, ni durante, ni después de la crisis o situación que sea. Lo que sea que nos suceda no tiene, por sí mismo, una causa lógica; más bien tendrá, eventualmente, una moraleja o una enseñanza.

Y aún sabiendo todo esto, nosotras las mujeres seguimos intentando explicar lo que nos pasa como para tenerlo controlado, como para tener la falsa ilusión de que todo lo que ocurre tiene una justificación. Por eso creo que no podemos explicar bien esto a los hombres: ellos, muchas veces, ni se preguntan por qué pasa lo que pasa, sólo ven si pueden hacer algo y listo. Y si nada pueden hacer no hay por qué preocuparse.

Me gustaría que no me importe. Me gustaría que las mujeres abandonemos nuestro afán de control. Me gustaría no intentar explicar cómo me siento si no aceptarlo y dejarlo pasar así no jode más. Trataré de poner en práctica esto. Ya les contaré cómo me va.

viernes, 12 de julio de 2013

El post debido

Nuestros padres, muchas veces por ignorancia, en lugar de darnos la confianza suficiente para enfrentarnos al mundo, minan la poca autoestima que podamos tener. Y nosotras, frágiles como el cristal, nos quebramos y sucumbimos ante la realidad de una sociedad dividida entre feos y lindos y gobernada por estos últimos.

En mi pre-adolescencia y adolescencia siempre pensé que era fea. Es más, hay días que aún lo creo (¡¡¡y tengo 38 años!!!). Esto puede haberse originado porque, digamos, no era la más linda del colegio ni del pueblo, pero un refrán dicho por mi madre fue la catapulta de ese pensamiento: "la suerte de la fea la bonita la desea". Llegada a la primera juventud, las circunstancias y mis propias ideas reafirmaron esa creencia y, no obstante el hecho de haberme casado con un hombre para mí hermoso y haber tenido un hijo precioso, no he podido quitarme esa sensación en un 100%. Ojo que ahora me miro con más cariño y descubro que tan fea no soy, que inclusive soy hasta linda, ¡mirá vos!

Para ponerlos en autos: me crié en un pueblo de no más de 20.000 habitantes y en el boliche bailable no me sacaban a bailar nunca, nunca. ¡¡¡¡Pero nunca eh!!!! Y no miento ni doy lástima. El único que me sacaba a bailar al finaaaaaaaaaaaaaaaaal de la noche era un chico feo (y sí, ¿qué esperaban?) para quien yo era la última opción. Y él lo era para mí. Y no sucedía todos los sábados. Más adelante nos mudamos a una ciudad más grande, de 80.000 habitantes (no sé por qué esta manía de poner la cantidad de gente, supongo que para que se den una idea de algo... En fin), y tuve un poco más de buena fortuna a nivel bailaril, aunque nunca lo que yo esperaba. Es que he concluido que creía mucho en las películas de Hollywood donde la chica siempre se quedaba con el chico (¿acaso no me daba cuenta que la chica era siempre linda, rubia y flaca? Ay). Lamentablemente para mí no había llegado aún la época en que las chicas bailaban solas y nunca la viví, ni cuando me mudé a Buenos Aires e iba a bailar: todavía había que esperar a que te saquen... Y ni siquiera en esta enoooooooorme ciudad, llenísima de gente de todos los colores, tuve el éxito que esperaba. ¡¡¡Pero qué consuelo el saber que las lindas envidiarían mi suerte!!!

Pasaron los años y no sé si las lindas envidian mi suerte pero sí sé que quizás muchas de estas desilusiones que he tenido en mi vida podrían haberse evitado si yo hubiera tenido un poco más de autoestima y no esa sensación de ser la fea todo el tiempo. Mis compañeras de colegio no me ayudaron a sentirme mejor y en mi casa tampoco recibí el alimento necesario para no sentirme un sapo. Adelgacé varios kilos, me arreglé la nariz que estaba un poco torcida y, sin embargo, nada de eso me hizo linda, seguí siendo "la amiga macanuda" de los chicos que hubiera querido que fueran mis novios.

Sin embargo hoy, después de todo esto (y de más cosas que no cuento porque si no se haría eterno este post), puedo decir que cuando me veo en el espejo no me siento fea. No seré preciosa pero fea no soy. Soy normal a nivel belleza pero tengo miles de virtudes que hacen que sea más linda de lo que parezco (y miles de defectos que me afean, ¡claro!) Y sé que cuando me pongo las pilas puedo llegar a estar híper bella. Obvio que aún trastabillo, ¡no soy tan segura como para mirar las revistas y no querer ser como las modelos! Pero si eso sucede trato, en lo posible, de perdonarme y no castigarme, y de inspirarme en miles de mujeres distintas a mí que, con su seguridad, son las más lindas del lugar (aunque pesen mil kilos y sean feas como la Bruja Cachavacha). Al final es sólo una cuestión de actitud, y es esa actitud, en mi caso, la más difícil de conseguir, identificar y alimentar.

Es todo un aprendizaje en esta vida, che.

Nota: Véase que repito un poco lo del otro post de "La suerte de la fea..." Se ve que ando en el tema jeje

jueves, 4 de julio de 2013

Los inalcanzables

Nosotras las chicas comunes y corrientes sabemos que hay chicos que son sólo para mirar. Son esos casi siempre altos y atractivos, a veces no tan bellos pero sí con ese “no sabemos qué” que hace que los miremos con ilusión y algo de admiración. Están por todas partes aunque en la calle es difícil que los podamos “pescar” ya que la mirada es fugaz y el análisis poco certero.

Esos chicos, mientras son observados sigilosamente por nosotras, siguen con su vida, obvio, ¡no se detiene el mundo! Y ahí es cuando aprovechamos a desgranar en mil detalles lo poco o mucho que podemos ver: el pelo, los ojos, la ropa, las manos. Y nos preguntamos: “¿Tendrá novia?” a lo que respondemos “Seguro que sí, la muy yegua debe ser alta, flaca y linda. No da para que tenga novia tetona, nooooooooo, porque las tetonas son ordinarias, seguro que es re-plancha en la parte de adelante, ¡como yo!” Si la supuesta novia tiene algo en común con nosotras hace que el muchacho sea mirado aún con más ternura y “bobaliconez”: ¡gusta de chicas como nosotras! Ahhhhhhhh, ¡es taaaaaaaaaan lindo! Pero si la supuesta novia, además de linda y flaca, fuera tetona, entonces inmediatamente el chico sería visto con desdén: la mayoría de esas chicas son como las de la tele, todas fáciles, que sólo usan su cuerpo para “enganchar” un buen partido, como éste que está sentado acá, en la sala de espera del hospital (o parado en la fila del banco o en la panadería o en el shopping).

Al final nunca sabemos qué clase de novia tiene el inalcanzable, ni siquiera podemos asegurar que está en pareja. Lo que sí podemos concluir que es este el tipo de hombres que nos gustaría tener a nuestro lado, que nos encantaría que nos note, que nos coquetee, que nos invite a salir, aunque después nos demos cuenta que es un tarado hueco que no tiene nada en el cerebro. Porque al fin y al cabo con las chicas siempre decimos que los lindos a veces dejan de serlo cuando abren la boca y dicen todas esas gansadas, o hablan como con una papa en la boca, o no saben combinar las medias con los zapatos.

No obstante, mientras está ahí calladito (o al menos mientras no podemos escucharlo) y mientras lo miramos y fantaseamos con ser la novia del lindo para echarle en cara a la rubia ésa compañera nuestra del secundario que siempre se creyó mejor que nosotras, mientras pasan los minutos, el inalcanzable es perfecto, es lo que han retratado miles de actores de Hollywood en la pantalla, es lo que siempre quisimos que sea y mucho más. Y aunque nos dan ganas de protestar por tantas injusticias en la vida, entre ellas no tener ni la cara ni el cuerpo de Marcela Klosterbooer, nutrimos nuestra ilusión con un sueño porque, convengamos, ése que está ahí nunca se va a fijar en nosotras (no es verdad eso de que lo vamos a enamorar con nuestra inteligencia, eh, no lo creamos más ni alimentemos esa mentira tratando de convencernos a nosotras mismas con esa falacia).

He dicho.

viernes, 24 de mayo de 2013

La insoportable

En mi trabajo hay al lado nuestro un sector nuevo. Son casi todos jóvenes; el 90% tiene a sus padres trabajando en algún puesto jerárquico en la empresa (qué selección equitativa, ¿verdad?). Entre ellos hay una chica de unos 25 años que tiene un cuerpo infernal y no se esfuerza en ocultarlo (creo que hace bien, hay que mostrarlo). Para mi gusto se "sobre-muestra", digamos, se podría lucir con un poco más de elegancia y no tanta obviedad, pero para gustos, los colores. Demás está decir que mis compañeros se han transformado en lobos cual Jim Carrey en "La Máscara": son un asco de baba, ando con botas de plástico para no resbalarme en este mar de saliva; los más osados se hacen los galanes creyendo que la chica los va a invitar a dar el siguiente paso... Ellos ya pasaron los 40 pero no desesperan: la chica tiene un novio de 43.

Mientras tanto, las chicas normales de 38 como yo nos bancamos que los hombres no puedan evitar ser tan babosos (por no decir el plural del modelo de Mitsubishi que acá no se pudo comercializar; los argentinos entenderán esta sutileza) y seguimos con nuestra vida, soportando que la nueva lleve a tus compañeros de las narices y se haga la inocentona mientras, a sabiendas, utiliza su falsa ingenuidad para conseguir los más extraños resultados.

Todo eso es hasta hoy. En mi pasado cumpleaños traje, hecho por mis manos, dos budines de tipo hamburgués que fueron engullidos por todos y fui mil veces felicitada y elogiada (yo, feliz). La chica me pidió la receta y, en ese momento, me olvidé de dársela. Hasta ahí, todo bien. Pero hoy me recordó el pedido, le entregué la receta y me dijo que los va a hacer y los va a traer acá, ¡a los budines! Eso sí que no, señores y señoras, eso sí que no. Eso es una declaración de guerra.

A partir de este momento me tiño los cachetes de negro y me pongo una corona de hojas: esta chica con su súper culo, sus tetas grandes y su mini cinturita apretada con un cinturón de cuerina no me va a venir a robar las ideas. Obvio que traerá ese budín y será más que elogiada (la receta es buenísima) pero yo no traigo nada más. Y que mis compañeros se olviden de su compañera.

He dicho.

martes, 18 de diciembre de 2012

El estigma de los pueblos

Quien no haya vivido en un pueblo jamás sabrá lo que es tener tu propio estigma, tu identificación que va más allá de quién sos en realidad. Cuando hablo de pueblos me refiero a esos pequeños reductos del interior de las provincias de nuestro país, de no más de 20.000 habitantes, donde son fácilmente identificables los hijos del médico, los del dentista, los de la maestra y los de la doméstica. Aquí ya tenemos una primera distinción: "el hijo de". Y esto es muchísimo, si tenemos en cuenta que el médico es casi un santo al que adorar, ya que muchos no hay para hacer interconsulta. Por supuesto que la casa del médico es CASI como la de Dinastía: así que ahí hay pileta en el fondo, árboles, una mujer que limpia (que no es la madre), un auto reluciente en la entrada y una motito de 50 cc para que se movilicen las criaturas. Más o menos esta descripción de la casa del médico es válida para la del dentista, la del intendente, la de la directora del colegio, etc. Esta gente es la que viaja a Buenos Aires (o a la capital de la provincia) y se compra ropa "afuera" y la que manda a sus hijos a inglés particular. ¿Qué sucede con los hijos en la escuela? Son los más respetados, no porque lo merezcan (quizás sí) sino porque los maestros, preceptores, profesores y demás staff educativo conocen a los padres: por nombre, por reputación o por experiencia propia. Desde el jardín son tratados con deferencia y van creciendo creyéndose superiores.

¿Y los demás? ¿Los hijos de aquellos padres que no tienen tanta alcurnia profesional? Forman parte del resto de los mortales y deben, para ser vistos, trabajar más duramente y destacarse en algo que sea, por lo menos, atractivo para los hijos de los "famosos": ser lindos ya es un buen comienzo porque si sos feo y tu viejo no es el gerente del banco provincia, estás condenado al desprecio social. Ahora bien, si no sos lindo y te destacás porque sos inteligente y rápido en el colegio, también perdés, ¿cómo te atrevés a ser el centro de atención en la escuela porque te sacaste un diez? 

Hay que cumplir varios requisitos para formar parte de "algo" en un pueblo; para esto primero hay que vencer la clasificación que la sociedad hace de nosotros. Porque esa clasificación, ese ordenamiento, se originó en realidad en el jardín del colegio y luego fue acentuándose con el paso del tiempo. Seguís siendo "la fea" aunque tengas 25 años y un título profesional mientras ves que "la hija de" continúa su reinado de eterna perfección aunque no sepa la tabla del dos y su marido haya resultado ser un violento que le pega de noche.

¿Hay un poco de bronquita en todo esto? No sé... Más bien hay experiencia porque es lo que viví al ser criada en un pueblo. No era parte de los elegidos, siempre fui la gorda del curso y, para colmo, mis padres eran del montón. Y, aunque me alejé, Facebook me trae la realidad de aquellos "hijos de": y todo sigue igual.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Vidas pasadas


¿Qué onda si fui madre de alguno de mis amigos en alguna de mis vidas pasadas? Dicen que una nace y siempre se rodea por la misma gente pero que cambia de rol: la que hoy es tu madre en otra vida puede haber sido tu mejor amiga y quien es tu marido hoy puede haber sido tu madre. ¡Qué ensalada! Sería bueno saber quiénes fuimos y quiénes eran aquellos con quienes compartimos tanto hoy... No para curar karmas o saber qué vinimos a aprender a este mundo, sino más bien por curiosidad, o al menos para explicar la química que tenemos con algunos familiares o amigos a quienes nos une el cariño y ese "no sé qué". Porque, en mi caso, de mi marido estoy enamorada y también sé que amo a mi hijo pero, ¿y los amigos? ¿O conocidos con quienes hemos tenido experiencias buenas y malas y luego no los vimos más y no sabemos por qué? (Bah, ¡los de experiencias malas sí sabemos!)

Insisto, estaría bueno. Igual, como todo, demasiada curiosidad puede cachetearnos porque el resultado puede no ser el que esperamos. Por eso, si existiera la mínima posibilidad, me gustaría saber... Eso sí, ese día voy sin expectativas.

¡Salud!

miércoles, 9 de marzo de 2011

Soltar

Siento que mi cuerpo está rígido: de la bronca, de la impotencia por no recibir de los demás lo que yo creo que merezco. Bostezo a cada rato y me siento cada vez más cargada de mala onda. Entonces, elijo sentirme mejor, para conseguirlo escribo esto (ahí fue otro bostezo):

Elijo dejar de esperar de los demás lo que para mí es correcto, elijo dejar de tratar de entender por qué no tuvieron la actitud que yo esperaba, elijo pensar que cada uno es dueño de su pensamiento y de su razón, y que como tales, no piensan como yo, sino como ellos eligen pensar.

Elijo comprender y aceptar que mi verdad es sólo mía, y que no es transferible, que no la puedo plantar en la mente de los otros. Lo que creo que es verdad es sólo mi visión de las cosas, no es "la" visión y, por lo tanto, está sesgada.

Elijo liberar mis pretensiones y elijo elegir, todos los días, la libertad de los demás. Elijo estar feliz con eso, elijo no amargarme más porque yo me siento de una manera u otra y el de enfrente se siente distinto, cuando yo creo que debería sentirse igual a mí: ¿por qué debería?

Finalmente, elijo abrazar mi mala onda y decirle que está bien, que puede existir, pero que apenas pueda se diluya, caso contrario, voy a tener que tomarme otro Ibupirac.